Patrones quebrados

  Intentamos encarnar el reencuentro que creíamos presenciar, pero nada conectaba nuestras figuras. El esfuerzo por imitar aquel lenguaje que solíamos emplear era irrisorio. Padecimos el corte, el cambio, la búsqueda, el silencio. No éramos las mismas. Nuestros rostros habían mutado, el espíritu también. 
  Soltar una palabra implicaba darle fuerza al bucle de repeticiones que conocíamos de memoria. La nostalgia ignoraba nuestro pasado. De manera prudente, nos alejamos cargando toneladas de espanto en todo el cuerpo, nos distanciamos comprendiendo que nuestros caminos jamás volverían a atravesarse.

Espera

Continuar suspendida
para crear la respuesta
mientras olvido la duda
que no miro ni abro.
Continuar postergando
esa voz inconclusa
detenida en el aire
de nuestro mudo presente.
¿Es tal vez transitoria
la distancia raída
entre tus alas inquietas
y mi hermetismo salvaje?
¿Acaso el cambio ha llegado
-pues temí lo suficiente-
para aceptar lo posible
con desapego y prudencia?
La paciencia me indica
dónde alcanzar la certeza
de un destino que supongo
tan vacío como escrito.

Varillas de incienso



Me abren, me palpan
las memorias del akasha
se escurren en mi cuerpo
alejando el desconcierto.
Me curvan, me invitan
los aromas desprendidos
de los mil siglos danzados
por mi alma en el sigilo.

Atenea

Alas de búho protegen tu ser
Traerás nueva luz
Entre viento y asombro
Numen del cielo
En cada portal
Amor al nacer, tu voz abrirá.

Sólo un árbol

 
Ilustración: Jean-Baptiste Monge

  Sólo un árbol me protege ante el temblor de las masas, acariciando palpitaciones extendidas por mi piel. Sólo un árbol me sostiene cuando el mareo me aturde al caminar entre habitantes que frustran toda calma. Sólo un árbol es mi escudo entre gritos que exasperan mis eternos silencios brotados en el tumulto. Sólo un árbol me resguarda de paranoias insalvables, enmendando lo crujiente de las voces alienadas.

Quién

Fotografía: http://pastelovestudio.com/


Quién podrá crear
o delirar junto a mis manos
incendiando la cruz
de todo lo mundano.

Quien absorberá
mi insomnio atravesado
mil veces por este cuerpo
bajo el frío iluminado.

Quien me ofrecerá
las preguntas que ahuyenten
a cada lengua siniestra
buscándome entre sueños.

Persígueme, tambor

Persígueme, tambor
atraviesa cada siglo
de mi esencia que te implora
regresarme los latidos.
Provócame una danza
que altere mi nostalgia
por todo lo que veo
oscuro e incompleto.
Falsea mis presagios
retuerce el juramento
indaga en la memoria
de todo lo que soy.
Impregna cada sueño
donde intento recordar
los rituales que he iniciado
hoy precisan continuar.
Te aseguro que soy digna
del sonido abismal
que se une a mi llanto
prudente y ceremonial.

Crujo

Crujo, enteramente
sitiada por el cortejo
de miradas que me alienan
la prudencia de mis huellas.

Crujo, huyendo
del azote de mil latidos
aún preservo mi nombre
entre los miedos raídos.

Crujo, intentos
para encontrar mi voz
arriesgaré el sonido
que abre mis verdades.

Desnivel

  Carezco de razones para desconfiar de mis palabras, pero cuando las suelto en el aire no hacen más que temblar. Pretendo que todas y cada una de las silabas manifiesten adecuadamente el cúmulo de ideas que me persigue día tras día. Sin embargo, no suelo desprender de mi interior el aleteo de frases. En mi lengua se enredan la ansiedad y el nerviosismo. El tiempo parece desfasado y la mísera velocidad del sonido no hace más que frustrarme. Escupo los pensamientos, pero al hacerlo todo parece desarmarse, perder peso y forma. Mi mirada se pierde en algún vacío donde huyo de la desesperación. El silencio me alivia. El silencio me enseña. Atravieso la impotencia, la furia y el pudor. Permanezco junto a mi verdad y reafirmo la voz que dejé deshilvanarse. Las piezas se reúnen, y todo lo dicho se ordena con precisión.



Permanecer

«Nada es permanente, salvo el cambio.» 
—Heráclito de Éfeso

  La palabra permanecer acaricia la espera de todo soñador, enraíza la nostalgia de todo poeta, afianza la fuerza de todo guerrero. Permanece lo que se elige proteger y aquello que encuentra sitio en algún lugar del ser. Permanece lo que tiene origen pero no fin: lo que ha sido petrificado en algún lugar del alma del tiempo. Permanece, incluso, lo que hoy tan sólo está dormido.