lunes, 4 de agosto de 2014

Tilia

  Recuerdo una tarde, donde mi pequeña silueta se encontraba arrancando un trozo de tu corteza, mientras mi madre me advertía del mal que te estaba ocasionando. Sin embargo, al rozar tu envoltura entendí que no había razón para desabrigarte, pues mi conducta había sido caprichosa. En un intento de distraerme, y algo afligida, opté por jugar con algunas piedras que tomé de la rambla, quizás de ese modo no tenía que tomar tantos recaudos.
   Tras varios inviernos, no sólo me esperaste al principio y al final de cada recorrido cotidiano, sino que aprendí a apreciar tus ciclos, los cuales me acompañaron tanto en las reflexiones secas como en las más prematuras. Bajo tu guía, supe equilibrar las ilusiones de la primavera con la nostalgia del otoño y me mantuve de pie ante los torbellinos que espantaron mis certezas. Poco a poco, fui percibiendo nuestras semejanzas: ¿podían acaso tus raíces estar tan aferradas a la tierra como yo a tus brisas? ¿Podían tus hojas volar y perderse en algún sitio como aquellas palabras que nunca dije? ¿Podían tus colores cambiar como los matices de mis decisiones?
   Innumerables días, permaneciste observando mis silencios a través de los cristales, enmarcando mis primeros pasos, mis caídas y mis victorias, pero un manto de debilidades comenzó a desafiar tu vigor. Y recordé el trozo de corteza. Si hubiese pedido permiso, si hubiese evitado que mis impulsos infantiles profanasen tu caparazón, la culpa no estaría oculta tras las cortinas. A pesar de ello, te abracé fuertemente, y hoy, errante, continúo abrazando a cada ser que logra recordarme todo lo que lograste infundir en mí.


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