lunes, 27 de octubre de 2014

Ángel

  En cada encuentro, aunque a la distancia, intenté descifrar esa especie de soberbia sutil que cubría cada una de tus frases; dibujé posibles causas hasta perderme en una incoherencia constante, pero la incertidumbre continuaba aullando en mí. Nada resultaba suficiente para interpretar tus preguntas osadas o tus respuestas ocurrentes. ¿Por qué lo hacías? ¿Qué obtenías con ello? ¿Qué costuras unían tu brisa a ese extraño atrevimiento?
Aún me cuestiono si aquella fusión de dudas absurdas fue la que me condujo a desgastar nuestra lejanía, porque sólo así (y a cuentagotas) logré entenderlo todo. 
No era tu voz desafiante, ni tu enigma descarado, ni tu cautela rasgada por el tiempo: era tu inocencia. Ese misterio que siempre supo entretejerse en una simpleza difícil de encontrar, en una voz genuina y auténtica, en ese fuego puro que impregna tu figura; en esa ingenuidad que bien sabe destrozar esquemas envejecidos y proteger lo casto de la esencia. 

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