sábado, 21 de febrero de 2015

Ser

  Las experiencias parecían conducirla al mismo sitio. ¿Acaso era un error abrazar con tanto apego la parte más profunda de su esencia? Su inocencia, su silencio, su mirada observadora, su sigilo, su atención hacia cada detalle que la rodeaba, su asombro, su misterio, su atracción inusual hacia cada forma de expresión posible... ¿Debía abandonar, o peor aún, olvidar todo ello? ¿Debía engañarse y fingir que su propio mundo no era el que siempre la conducía a enfrentar cada desafío? ¿Debía atenuar su fascinación, su locura, su búsqueda constante?
  No. Una actitud extremista e imparcial era lo que menos precisaba. Sin embargo, debía entender la importancia de integrar lo nuevo, las próximas batallas, la existencia de garras crujientes e indiferentes, así como todo aquello que aún no había visto, incluso el caos más abrumador, pues sólo de ese modo lograría una visión más amplia de sí misma y de su entorno.
 Con perseverancia, aceptación y autoconfianza fue comprendiendo que no se trata de renunciar a aquello que la caracteriza, sino de utilizarlo como una poderosa herramienta ante los retos, en lugar de que éstos la tomen desprevenida por haberse aferrado a una percepción incompleta y aislada, a una parte que, justamente, necesita fundirse en otra para fluir en un todo.

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