domingo, 12 de abril de 2015


  Siempre juzgó. Juzgó en compañía, potenciada por las influencias que interrumpían su objetividad. En silencio, y sola, se arrepentía; recorría una espiral donde la conclusión era siempre la misma: estaba equivocada. Lo último que quería hacer era juzgarlos. Sólo en sus noches más pacíficas lograba comprenderlos a todos y a cada uno, reencontrando en ellos sus piezas más profundas, piezas que se entrelazaban con diferentes aspectos de su ser. Lo vio todo (o gran parte del panorama). Anheló insanamente que las personas pudieran alimentar esa empatía extraña que supo integrar a su vida, sin embargo, la libertad en la que siempre creyó le reveló algo más: hay un proceso para cada uno, por lo que intervenirlos sería caer en la trampa, otra vez...

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