domingo, 13 de marzo de 2016

  Hace algún tiempo recorrí un camino extraño y oscuro, un camino que hoy puedo observar desde un faro transitorio (digo transitorio porque todo lugar es de paso y estoy dispuesta a conocer otras vistas). Mi memoria jamás podría ofuscarse ante el recuerdo de aquella imponente bruma, ante ese abandono estremecedor de toda pulsión de vida, ante el desorden generado por los escombros de mi mente, ante las infinitas tonalidades de un gris desmayado en cada rincón. Las turbulencias azotaban el pigmento de todo lo existente creando una densidad pantanosa, fría y espectral. El morbo cubría las raíces de la curiosidad mientras las posibilidades de rozar las grietas del sol se escabullían.
 Nunca antes había imaginado tanta ternura infértil coexistiendo con una frustración que sólo sabía estancar mis deseos más secretos. El polvo de los años no hacía más que atiborrar mi garganta con palabras mustias, el tiempo parecía detenido en mi círculo vicioso y el pozo que me sostenía se embriagaba con mis miedos y patrones. Al preguntarme si mi sobriedad estaba a salvo, vislumbré que en realidad mi ser se encontraba sediento y así fue como, sin querer, comprendí que no era un pozo donde me hallaba sino un aljibe. Bebí agua hasta transparentar mi lengua y comencé a escalar. Recorrí cientos de caminos extensos y abundantes en diversidad de formas, tamaños y colores. Hoy miro hacia atrás y puedo decir que la fachada de aquel aljibe ha quedado lejos, sólo la recuerdo para no regresar. Me ha inspirado, es cierto, pero también he jurado dar vida a mis poemas bajo el calor de una fuente más cálida.

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