domingo, 10 de abril de 2016

Brío verde



    Existe una espesura que germina eternamente en cada alma. Su abundancia se manifiesta en las infinitas maneras de camuflarse en el tejido universal. Se agita, se disuelve, se desliza. Se esconde tras las grietas de un tronco partido, se inunda a sí misma en el pastizal que trasciende los confines, y despliega su frescura donde hace falta. 
   Existe una frondosidad que reconforta las pasiones, transmutando los desiertos en naturalezas salvajes y risueñas. Sus musgos guían los pasos de los caminantes, mientras en una ventana descansan un par de hojas de laurel esperando formar parte de una infusión secreta. 
     Existe un imponente calor capaz de protegerme y arrullarme, como si creciera dentro de mí un refugio custodiado por seres feéricos. Allí, acompañada de hiedras y brotes me vuelvo mi propio hogar. Entre siembras y cosechas me entrego a lo fértil. Me habito. Semilla, fruto y flor. Me hablan. Verde soy. 

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