NIÑA



  Una niña toma mi cuerpo. Escolta mis emociones hacia un río que jamás oí llegar. Toma mi piel gastada y la deja desparramada en una cama que, de tan pequeña, parece una cuna. Su ternura reduce mis miedos y mis dudas a un lodo similar al de sus rodillas salpicadas de tanto jugar.
  Una niña reemplaza mi silueta y decide transformar mis caprichos, mi inmadurez, mi nerviosismo, mi hinchazón de lágrimas... Me presta sus brazos, sosteniendo así una posición fetal en la que mi pecho se siente amparado. Con astucia, sacude mis cabellos lacios y escupe sinsabores de los que ignora su origen. Es pequeña pero sabia: advierte cómo sacudir al límite mis sentimientos sin olvidar prestarme luego su mirada inocente, esa misma que me permite comprender que la realidad se recrea permanentemente. 
  Una niña me refugia en su mano de alquimista y me acompaña a danzar. Mi corazón la abraza y deja encendido su recuerdo, mientras mi alma protege su presencia en un constante presente. 

Imagen: Dan Slider

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