Aún no he aprendido a pronunciar su nombre. El sonido que intento emitir se escapa entre ecos hambrientos por ocupar el vacío correcto, pero el aire sólo sostiene vibraciones confusas. En mi torpe empeño, el estigma de letras se vuelve atemporal y permanente. En cada repetición comienzo a sentir cómo su etimología arde en mi garganta. Mi lengua no deja de insistir. El ensayo se transforma en un ritual donde mi voz pretende incinerar la incertidumbre. Sin embargo, algo me indica que todas las posibilidades que emanan de esta boca son acertadas. Su nombre es la eterna acepción de la palabra Universo.

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